I
Vivir ardiendo y no sentir el mal.
Gaspara Stampa
Fiesta
esto que apresura la penumbra no es un movimiento natural
determinado por la hora, el sol, las nubes, cierto aire de tormenta:
es la aflicción que vuelve y no tiene forma ni sonido, el derrumbe o
derrame de sentidos que imaginé más fuertes que la pena de los hechos:
actos pequeños, feroces, como de niños sin inocencia.
He disfrutado del poder de poder: asqueada me escucho gritar y
me padezco ante el oído ciego de lo hermanado que se desgarra.
¿qué importa lo que se dijo allí, contrastado en el ojo de un suceder
público y secreto, sus signos reptantes, su incontinencia mordaz?
Lo que se dijo no es mayor que lo que se hizo.
Alcanzar la calma, aceptar un vacío: limpiar un espacio en el pasaje
de las emociones: escuchar un silencio como ideas líquidas que cavan
el pensar, aceptar un vacío y ver con estupor que no hay vacío,
hay aflicción.
II
La escritura es un oficio distinto al de la vida
Herta Muller
Fin de fiesta:
el universo
como cantera de muertes
prematuras,
mal
olor a mala conciencia,
de la historia singular
fosas plurales,
en lo que el grito no se oye,
la risa vaga por el reir de la tierra:
y esas miradas que actúan
lejos de la pregunta por el origen:
dónde empezó, qué error, en qué
larva inacabable ha tenido lugar?
Liliana Lukin
en El libro del buen amor
(Wolkowicz editores, 2015)

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