domingo, 13 de noviembre de 2016

De la serie de elementos

I

Llega un día en que se apaga todo ruido del afuera. Ese día
no es grande ni solemne. No hay misterio. Se instala
como un pájaro tranquilo que pudiera bostezar
parado en una rama, después del vuelo diario.
Hay algo más, en la negrura de la noche
una hormiga sale de entre los escombros y cruza el piso
irregular. Va rápido,
su marcha es segura aunque cada tanto parece otear el
panorama, y entonces
cambia dirección. Hasta que llega a un punto en que se
paraliza. Y allí se queda,
no muerta pero inmóvil, se diría que por siempre. Un punto
como cualquiera.
A partir de ese momento no hay rama ni relato que soporte,
nadie habla,
no hay bostezo del pájaro ni almohada que usáramos de
niños,
no hay recuerdo de rápidas patitas ni las ganas de correr
buscando un haz de luz.
Lo que hay es sólo un punto abstracto,
el punto imbécil del espacio en que la hormiga se detuvo.


II

Si hablo con otros dilapido una respiración que iría
a volcarse en piedra. Escritura.
Lo que sí tengo es fe. Tener fe significa:
que dormir sea posible,
darse a uno mismo una casa habitable con suficiente
oscuridad, con silencio suficiente.
Los rincones vacíos de las viejas catedrales, donde retumba
el crujir de la madera: que nadie diga de mí:
éste no cuida lo que tiene. Sé muy bien que lo mejor
con una cosa es no tenerla.
De súbito un llamado viene a resonar el diapasón
que me organiza: hablar
sabiendo que no hay nadie, darse un corazón no tan definitivo,
dejar que una llovizna resbale sobre las caras conocidas.
Nazco de la soledad que da el parto de mi palabra cuerpo.

Santiago Alassia
(Baltasara Editora, 2015)

 

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